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Ovnis y naves espaciales: no es lo mismo

En los últimos tiempos está aumentando el interés de las personas por los ovnis y la vida extraterrestre. Hay algunas cadenas de televisión que parecen prácticamente obsesionadas por los visitantes de otros mundos, y por su influencia en algunas culturas como las de Egipto o Centroamérica.
El otro día, tras una dosis elevada de televisión temática, un amigo me explicó que, en realidad, los humanos somos unos animales de laboratorio que estamos siendo observados por una civilización mucho más avanzada. Y no se refería a las cucarachas, frente a las que nuestras armas más letales son inofensivas, sino a seres de otra galaxia.
Según su análisis, la vida en el universo la creó Dios, pero nosotros somos un producto indirecto: en vez de dárselo a Adán, el Creador insufló su aliento a una civilización extraterrestre que, con el paso de las eras, creó al género humano. Igual que nosotros hemos creado en las probetas a esos ratones que brillan en la oscuridad. Sólo que las probetas de esos seres superiores serían del tamaño del Sistema Solar.
Como prueba irrefutable de lo que me estaba contando, mi amigo me habló de las pirámides de Egipto: unas construcciones tan perfectas que no pudieron hacerse con las herramientas de hace 5.000 años. En realidad las hicieron los extraterrestres, porque consiguieron dominar la antigravedad.
Como no soy un marciano, no sé exactamente en qué consiste la antigravedad; pero he leído lo mínimo como para saber que jugar con la gravedad puede tener consecuencias catastróficas, y no sólo para nosotros los cobayas. No creo que ningún científico quisiera correr el riesgo de ver su laboratorio convertido en un agujero negro, o entrando en nova. También considero que usar un generador de antigravedad para amontonar unos miles de piedras sería un despilfarro tan grande como si nosotros usáramos una bomba atómica para partir el pan de la comida.
Mi amigo hizo oídos sordos a mis objeciones, replicando que los humanos no tenemos inteligencia suficiente para comprender el comportamiento de los extraterrestres. Los conejillos de indias tampoco saben por qué a sus amos les gusta tanto hacer laberintos de cristal.
- Hay muchas personas que han visto ovnis -afirmó.
- Y yo les creo -repliqué.
- Pero, ¡si me estás diciendo que no crees en los extraterrestres!
- Sí que creo.
Mi amigo me miró sin saber si reír o llorar; entonces le di la explicación que les quiero dar a ustedes:
Creo en la existencia de los ovnis.
Creo que hay vida inteligente en otros planetas.
Pero no creo en la suma de las dos afirmaciones anteriores: esto es, no creo que los ovnis sean expresión de la vida inteligente en otros planetas.
Me van a decir, ¿entonces, quiénes los pilotan?
¿Los egipcios?

ovnis y naves espaciales
Foto: Xavi Pastor

Yo también he visto un ovni
Como todo el mundo sabe, ovni es una palabra formada a partir de las siglas de Objeto Volador No Identificado. El uso corriente que se le da a ese término es el de nave extraterrestre, pero hasta el momento no hay una evidencia cierta de que estos avistamientos de objetos extraños provengan de planetas habitados. ¿De dónde, si no? Bueno, eso es algo que tampoco se sabe. De alguna instalación militar de los Estados Unidos, tal vez. O quizás sean espejismos aéreos, reflejos de aviones o de fenómenos naturales.
Yo siempre digo que creo en los ovnis en el sentido estricto del término: creo que este piloto de avión, aquel campesino de la selva, ese grupo de excursionistas, son sinceros al decir que han visto un objeto volador que no han podido identificar. Pero, en cualquier caso, el hecho de no saber lo que son no nos da derecho a afirmar que vienen de otro planeta.

La sexta estrella de Casiopea
Supongo que nos habrá pasado a todos en más de una ocasión. Estamos tumbados en el césped o en la playa, a primera hora de la noche, tratando de ver algún meteorito, espantando algún que otro mosquito impertinente y rabiando por la luz de la ciudad. Empezamos a pensar en la inmensidad del universo y acabamos especulando:
- En una de estas estrellas tiene que haber vida inteligente.
Y a renglón seguido, nos planteamos una pregunta:
- Pero, ¿en cuál?
En su libro La conexión cósmica, Carl Sagan explica que desde el sistema de estrellas de Alfa Centauro, el más próximo a nosotros, la constelación de Casiopea no dibuja una W, sino un zigzag con una sexta estrella en el extremo.
Esa estrella es el Sol.
Imaginemos ahora un grupo de científicos de Alfa Centauro, contemplando el firmamento mientras se fuman un cigarrillo hecho con sabe Dios qué clase de planta alienígena. Los albañiles marcianos están terminando de instalar su nuevo telescopio; y ellos se plantean hacia dónde enfocarlo.
- Podemos buscar en Orión -dice uno de ellos; aunque ellos se refieren al Cinturón de Orión como La Mirada.
- ¿La Mirada? A mí siempre me ha gustado El Relámpago, con sus seis estrellas dibujando un zigzag.
Por unos momentos varios pares de ojos anaranjados, sin párpados, se fijan en la sexta estrella de El Relámpago; pero los astrónomos enseguida se encogen de hombros, inquietos, y continúan escrutando el infinito.
- ¡Son tantos mundos, y están tan distantes...! -murmura uno de ellos.
- Si al menos nos diesen alguna señal... -replica el otro; en ese momento se da la vuelta, enojado.
Uno de los albañiles acaba de perforar con la excavadora láser la tubería de amoníaco potable que abastece a toda la ciudad.

Mensajes en clave de Sol
Imaginemos que en la Tierra ha habido una catástrofe nuclear o una peste que ha diezmado al 99'99% de la población.
Nosotros somos los únicos supervivientes de nuestra provincia. Llevamos meses andando sin encontrarnos con ninguna otra persona, ni tan siquiera un modesto zombi, y una tarde llegamos a lo que en otros tiempos fue la ciudad de Madrid. Hay miles de ventanas, abiertas, cerradas, con cristales... pero no hay rastro de vida.
Sospechamos, por estadística, que entre todos aquellos millones de pisos debe de haber al menos uno que esté habitado, pero no sabemos cuál. Dedicamos varios días a recorrer los barrios de la ciudad... Hasta que una noche, en una calle secundaria de un antiguo barrio obrero, vemos una ventana iluminada por una vela y escuchamos la música de un violín. De manera que levantamos nuestra linterna y empezamos a hacer señales en su ventana. La música se interrumpe de repente, y se asoma a la ventana otra persona que al vernos sonríe, atónita.
Si nuestros astrónomos de Alfa Centauro llevan a cabo una investigación exhaustiva y continuada del firmamento, tarde o temprano acabarán viendo nuestra luz. Un día, su telescopio notará anomalías provenientes de la sexta estrella de El Relámpago: la que desde hace miles de años conocen como La Punta del Relámpago, porque es la que ocupa el lugar más exterior de la constelación.
Entonces prepararán una nave espacial, calcularán bien las coordenadas y con el paso del tiempo una mañana veremos llegar a nuestro planeta no una estela fugaz, no un reflejo en una nube, sino un aparato artificial, que no se esconderá sino que muy probablemente bajará hasta el mar protegido por tres o cuatro paracaídas tras enviarnos señales en todas las franjas del espectro, como una gigantesca caja negra venida del vuelo más largo del mundo.
El problema es que estamos tan lejos los unos de los otros, que es imposible establecer una comunicación a tiempo real. Alfa Centauro se encuentra a casi 4'4 años luz del Sol. Es decir: el violinista podría encender la vela hoy, a finales del año 2013, pero su luz no llegará a la calle hasta mediados de 2018; aunque nosotros respondamos de inmediato con nuestra linterna, nuestros rayos no le llegarán hasta 2023.
Betelgeuse, la estrella roja ubicada arriba y a la izquierda de Orión, dista aproximadamente 650 años luz del Sol. Esto es, que el puntito de luz solar que sus habitantes están viendo hoy salió del Sistema Solar un siglo antes de que los Reyes Católicos tomasen Granada.
Pero eso no es nada; la Gran Nube de Magallanes, que es una galaxia satélite de la nuestra, se encuentra a 136.000 años luz... lo que la convierte en un lugar muy próximo, hablando en términos astronómicos. Si sus astrónomos enfocan esta noche sus telescopios hacia nuestra estrella, el puntito que verán es el que salió de viaje hace esa cantidad de años, después de calentar a los primeros neandertales.
Los neandertales no tenían tecnología para mandar mensajes a través de las estrellas; el Homo sapiens sí, pero sólo desde hace 60 ó 70 años. Nuestros primeros mensajes le estarán llegando a las estrellas más cercanas. Quizás Vega, la estrella brillante que tenemos casi sobre nuestras cabezas, y que dista 25 años luz, o las estrellas del sistema de Sirio, que están a unos 9 años luz.
Si dentro de esa distancia de 60-70 años luz hay alguna civilización con telescopios, quizás ya hayan recibido nuestra señal y nos hayan enviado alguna ráfaga de ondas como respuesta. Podemos ser optimistas e imaginar que en ese minúsculo radio de 60 años luz hay alguna estrella con planetas; que en alguno de esos planetas se ha desarrollado la vida; que esa vida ha evolucionado hasta dar lugar a una civilización con capacidad de captar mensajes del espacio; y que tenían los telescopios apuntados hacia el Sol. Puede que estemos a punto de recibir un mensaje de respuesta desde Vega, la Estrella de Barnard o la docena de vecinos a los que ya han llegado nuestros mensajes más antiguos; el hecho es que, hoy por hoy, ningún observatorio ha recibido esa clase de mensaje.

Tardan porque vienen volando
A diferencia de las ondas electromagnéticas, que por definición se mueven a la mayor velocidad posible, los objetos más complejos son un poco más lentos. Las naves espaciales lanzadas desde la Tierra se mueven a poco más de 15 kilómetros (15.000 metros) por segundo; esto es, tan sólo un 5% de la velocidad de la luz.
La Voyager 1, que fue lanzada al espacio en 1977, ha tardado 36 años en salir del Sistema Solar. Le costará 90 años llegar a una estrella que esté a la misma distancia que el sistema de Alfa Centauro, que es el más cercano al Sol.
Nuestros primeros mensajes saludando a los de Betelgeuse llegarán dentro de 600 años; si al día siguiente fletan una nave cargada de científicos o soldados, tardará todo ese tiempo, multiplicado por veinte, en hacer el viaje de vuelta. No llegarán aquí hasta el año 12000.
Me van a objetar que a lo mejor los de Betelgeuse ya mandaron sus naves hace 11.999 años. Pero, ¿por qué precisamente en dirección al Sol, que por entonces estaba tan mudo como el resto de las estrellas de los alrededores?
¿Quizás le mandaron una nave a cada una de las estrellas del firmamento? El número de estrellas visibles en una noche despejada es de 100.000 millones. ¿Una civilización inteligente mandaría tamaña cantidad de naves tripuladas, sabiendo que el 99'999% de ellas se iba a topar con globos de fuego rodeados de cascotes helados?
O quizás los de Betelgeuse echaron a volar una nave hace 300.000 años; la nave recorrió un centenar de estrellas hasta que vio que el Sol tenía un planeta donde podía surgir la vida inteligente. Ya había flora y fauna, dominada por un sinfín de dinosaurios pesados y torpes. De manera que desviaron el rumbo de un meteorito, destruyeron las formas de vida dominantes y confiaron el futuro del planeta a los pequeños y vivarachos mamíferos que se escondían entre las piedras.
O quizás Adán y Eva eran unos clones creados en un laboratorio a través de ADN seleccionado.
Si es por especular, podemos suponer cualquier cosa. Pero para poder hablar con seguridad necesitamos pruebas. Y hoy por hoy no las tenemos, ni del origen clonado de Adán ni de los egipcios levantando sus pirámides con la antigravedad.
Todo este razonamiento es lo que me lleva a decir:
Creo que tiene que haber otras formas de vida inteligente en un universo tan viejo y tan lleno de posibilidades. Pero -por suerte o por desgracia- hay tantos mundos y estamos tan lejos los unos de los otros, que, o no nos han visto, o aún no han tenido tiempo de llegar.