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Mares de lava y volcanes fríos

Recorrido por los satélites del Sistema Solar

En 1972, cuando yo nací, había nueve planetas... pero unas décadas más tarde el número se redujo a ocho. Esto no se debe a un cataclismo astronómico, a ningún espeluznante juego de billar que haya destruido los mundos siderales, sino a que en 2006 la Unión Astronómica Internacional decidió apear a Plutón de su rango de planeta y degradarle a planeta enano, atendiendo a una serie de consideraciones técnicas. De manera que en la actualidad el Sistema Solar consta de ocho planetas, más una serie de cuerpos menores, planetas enanos, satélites, asteroides, y un inmenso cinturón de hielo exterior del que salen numerosos cometas.

En este artículo para 8planetas.com quiero pasar revista brevemente, sin pretensiones científicas, a los satélites; esos cuerpos que acompañan a los planetas, y que en algunas ocasiones son mucho más interesantes que ellos.

Como es bien sabido, Mercurio y Venus no tienen satélites. El planeta más interior del Sistema Solar es poco más que una bola de roca sumergida en las capas más exteriores del Sol, abrasada en una de sus caras por la exposición constante a la estrella, y congelada en la cara oculta. Mientras que Venus es un mundo ardiente y ácido que merece la medalla de plata en los lugares infernales de nuestro Sistema Solar -el oro, como veremos, se lo lleva un satélite-. Claro que la placidez del planeta no tiene nada que ver con que tenga o no tenga satélites; fijémonos en lo poco plácido que es el planeta Tierra, y en la tranquilidad y la belleza de su único satélite, la Luna.

No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen del binomio Tierra-Luna. Nuestro satélite es demasiado grande, comparado con el planeta que orbita, para que haya sido un asteroide cazado al vuelo. Sería como tratar de coger un avión con una red: el golpe gravitatorio habría expulsado a ambos mundos muy lejos de la órbita terrestre. Se dice que, cuando el Sistema estaba a punto de crearse, la pre-Tierra sufrió el impacto de otro cuerpo, tan grande que la destrozó por completo y expulsó al espacio una cantidad increíble del planeta. Imagínense el meteorito que acabó con los dinosaurios, multiplicado por cien o por mil. La Tierra estuvo a punto de descomponerse en un inmenso puñado de gravilla; en vez de eso, y por suerte para nosotros, se hicieron dos grandes cuerpos, uno de los cuales siguió dándole vueltas al Sol mientras que el otro se quedó en la periferia, alejándose un par de centímetros al año.

Binomio Tierra-Luna

No se sabe si la Luna tuvo vida en algún tiempo. La actividad volcánica pasada dibujó los mares, llanuras inmensas de lava solidificada hace muchos siglos, y el bombardeo continuado de meteoritos ha creado sus cráteres. En definitiva, para un profano el interés de la Luna no se encuentra en su superficie, sino en los pensamientos y emociones que ha despertado desde siempre en una de las especies diminutas que puebla su planeta vecino.

Los satélites de Marte son dos pequeñas rocas que se llaman Fobos y Deimos, Odio y Espanto, de acuerdo con la convención que les hace hijos del dios de la guerra, Ares-Marte. Seguramente son dos de los asteroides del anillo que separa las órbitas de Marte y de Júpiter: el Cinturón de Asteroides compuesto por miles de rocas, desde los cuerpos principales -como Ceres, Palas o Vesta- hasta diminutas partículas de arena. Por el momento se desconoce si el Cinturón es un antiguo planeta destruido por un alunizaje como el que sufrió la Tierra, o si se trata de restos primigenios que no llegaron a unirse en un mundo compacto. Por cierto, que desde 2006 a Ceres se le considera un planeta enano, categoría en la que también se colocó a Plutón.

Tras el Cinturón de Asteroides aparecen los planetas jovianos, las inmensas bolas de gas que llevan consigo infinidad de satélites, así como un conjunto de anillos que no son más que polvareda, arenilla espacial colocada en un círculo alrededor del ecuador... aunque debería pedir disculpas por llamarle arenilla a los anillos de Saturno.

Júpiter es el planeta más grande del Sistema Solar, hasta el punto que algunos estudiosos afirman que habría que clasificarle entre los planetas y las estrellas del tipo enana marrón. En 1610, Galileo descubrió sus cuatro satélites mayores: Ío, Europa, Calisto y Ganímedes.

Pienso que Ío se lleva la medalla de oro de los lugares menos acogedores del Sistema Solar. Imagínense un lugar más grande que la Luna, pero cubierto completamente por volcanes de azufre. Y en activo, no como los mares helados que cubren nuestro querido satélite. En buena medida, esos volcanes se deben a que Júpiter está tan cerca de Ío que provoca auténticas mareas, levantando la corteza del satélite de igual manera que la Luna eleva los mares de la Tierra.

Contrastando con el calor -que no calidez- de Ío, está su vecina Europa. Se trata de un mundo completamente congelado; una esfera también semejante a la Luna, tapada por una corteza de hielo en la que de vez en cuando se abre alguna grieta. Se dice que Europa es más lisa, en proporción, que una bola de billar. También se especula con que debajo del hielo podría haber agua líquida, lo cual convierte al satélite en uno de los candidatos más probables para encontrar algún tipo de vida, como imaginó Arthur C. Clarke de manera magistral en una de sus novelas de la saga de 2001.

Los otros dos satélites galileanos son Calisto y Ganímedes, que básicamente son mundos mezcla de roca y de hielo, bastante menos exaltados que sus hermanos. Como es sabido, Júpiter cuenta con muchos más satélites -Amaltea, Himalia, Leda, Pasífae, Sinope...-, que no son más que asteroides capturados. Como curiosidad, que sus nombres acaben en A o en E se debe a una convención que duró algunos años, y que dependía de si su eje giraba en el sentido de las agujas del reloj o en el contrario, como sucede con la mayoría de cuerpos del Sistema Solar.

Saturno Ficción

Otro de los satélites más notables de nuestro sistema es Titán, el hijo mayor de Saturno. Es más grande que el planeta Mercurio y posee su propia atmósfera, que es la misma que poseía la Tierra antes de que la vida vegetal la llenase de oxígeno. Sus hermanos no son más que asteroides capturados a lazo por el planeta de los anillos: Dione, Encelado, Febe, Hiperión, Jápeto, Mimas, Rea, Tetis... y varias decenas más, que se van descubriendo a medida que nuestras sondas y satélites se internan en las proximidades del planeta.

Tampoco tienen mayor importancia, a ojos del profano, los cinco satélites mayores de Urano: Ariel, Miranda, Oberón, Titania y Umbriel. El mayor de ellos, Titania, es la mitad de grande que la Luna. Como curiosidad, fueron bautizados en honor a personajes de Shakespeare, que a mí personalmente me parece más agradable que ponerles nombres como el Odio y el Espanto marcianos. El grupo de Urano -formado además por no sé cuántos satélites diminutos y los anillos que acompañan a los planetas gaseosos- tiene una característica que los hace únicos en todo el Sistema Solar: y es que su eje está inclinado más de 90º hacia el Sol. Es decir, que es como si Urano, los satélites y los anillos le hicieran la reverencia al Astro Rey, enseñándole la coronilla del Polo Norte. Hay temporadas en las que el Sol, en Urano, sale por el Norte.

El último planeta del Sistema Solar, según estableció la Unión Astronómica Internacional en 2006, es Neptuno. Se trata de un planeta con una bonita superficie color azul, cuyos anillos se pueden comparar con los de Saturno, que cuenta con dos satélites principales: Tritón y Nereida. Me quedo con el primero, que tiene un tamaño considerable y varias particularidades: rota de manera contraria a su planeta -en Neptuno el Sol sale por el Este, pero en Tritón lo hace por el Oeste-; y hasta el momento es el objeto del Sistema Solar en el que se ha medido una temperatura más baja: -235ºC, sólo dos grados por encima del Cero Absoluto. A pesar de este frío, cuenta con volcanes, aunque no escupen lava ardiente sino parece ser que nitrógeno líquido. Ciencia ficción en estado puro. Su compañera Nereida no es más que un pequeño asteroide, como la docena de satélites neptunianos que han sido descubiertos gracias a la exploración espacial.

Y termino este pequeño paseo con Plutón, que cuando yo era un niño era el noveno planeta y el que cerraba la enumeración. Durante algún tiempo, no sólo se le incluyó entre los planetas, sino que se decía que en realidad era un planeta doble. Y es que a finales de los años setenta se descubrió su satélite principal, Caronte, prácticamente su gemelo. Es tan grande, que no da vueltas alrededor de Plutón, sino que ambos giran alrededor de un centro de gravedad que se encuentra en el espacio, entre medias de los dos cuerpos: como dos niños que jugasen a dar vueltas cogidos de las manos. Y, además, está tan cerca que hay amplias zonas de Plutón que parecen tener techo: es decir, que miras hacia arriba y ves la inmensa bola de roca de Caronte, como si estuviera a punto de caerte sobre la cabeza.

Claro que es muy improbable que en los cielos plutonianos haya alguien para apreciar el espectáculo, aunque sea un microbio diminuto: cuando llega el invierno de Plutón, de pronto empieza a caer una nevada muy tenue y persistente: hace tanto frío, que la atmósfera se congela y cae a plomo, dejando paso al vacío del espacio exterior.

En definitiva, desde los desiertos de la Luna hasta los mares congelados de Europa; de los volcanes ardientes de Ío a los géisers de nitrógeno helado de Tritón, pasando por los misterios que se esconden bajo las nubes de Titán, nuestros ocho planetas y medio albergan una variedad de mundos que son un reto para los científicos y un desafío para nuestra imaginación.

Antonio Marcelo Beltrán. Periodista
@antoniombeltran